El largo camino de las Naciones Unidas en Bolivia

03-ago-2015

En las décadas de 1950 y 1960, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) traía a Bolivia expertos internacionales para contribuir al desarrollo del país. Luego, se empezó más bien a tratar de “institucionalizar” los proyectos, a modo de conformar un núcleo de capacidades nacionales y dejar atrás un know how técnico. Finalmente, viene el tercer tiempo de la acción de la ONU en el país; el de la preservación de la paz y de la universalización de los derechos humanos, sin exclusión. Es lo que sobresale de las confidencias históricas de antiguos representantes de la ONU en Bolivia.

En su libro Nunca aprendí a teclear (2003, Inglaterra, ed. Wiley), la ex coordinadora de las Naciones Unidas en Bolivia, la británica Margaret Joan Anstee, cuenta que en 1956, las “excesivas expectativas” de los mineros y campesinos hicieron que la sobrevivencia del gobierno dependiera de su “capacidad de demostrar un progreso económico beneficiando a todos los niveles de la sociedad”. Para apoyarlo en esta tarea, existían en esa época dos fuentes de asistencia externa: Estados Unidos y la ONU. Pero, narra Astee, las autoridades nacionales “temían la excesiva influencia americana”, ya que EEUU consideró en un primer momento que el MNR (partido que fue el artífice de la Revolución Nacional en 1952 y que seguía en el poder en 1956) era demasiado cercano al nazismo durante la Segunda Guerra Mundial, para luego, irónicamente, ser juzgado demasiado “comunista” a causa de las reformas de 1952 (nacionalización de las minas, reformas agraria y educativa, etc.). En este contexto, la “responsabilidad que recayó sobre las Naciones Unidas fue considerable”, escribe Anstee. De hecho, en estos años, es en Bolivia que las Naciones Unidas concentraron su más amplio programa en toda América Latina. Aquí se empezó a planificar el desarrollo, sobre la base del concepto todavía incipiente de las “necesidades insatisfechas”.

En base a la recomendaciones de una misión dirigida por el canadiense Hugh Keenleyside, Naciones Unidas colocó a sus expertos en los ministerios estratégicos, lo cual, hoy día, sería considerado “una afrenta a la soberanía”, escribe Astee, pero en la Bolivia de antaño, fue aceptado como un “don del cielo” por un gobierno confrontado a muchísimos problemas. La ONU produjo en esta época una larga lista de estudios de preinversión en los sectores de prospección minera, la exploración de yacimientos de gas natural, la agricultura, educación, estadística, meteorología, administración y salud públicas. La representante de la ONU era invitada a participar de las reuniones de gabinete cuando se iba a discutir cuestiones de desarrollo, lo cual “atestigua el carácter único de la relación simbiótica entre Bolivia y las Naciones Unidas”, escribe Anstee: “creíamos jugar un papel modesto para hacer la diferencia en Bolivia, especialmente a favor de los pobres”.

Cuando llegó a Bolivia en 1962, Timothy Painter tenía 24 años. Años más tarde ocuparía el cargo de representante de las Naciones Unidas, pero en este primer viaje no era más que un joven profesional queriendo aportar al desarrollo del país. “La revolución del 52 era todavía una parte vigente de la historia. El MNR estaba en su auge, Paz Estenssoro estaba en su segundo gobierno, los ferroviarios y los mineros salían a la calle cuando había necesidad de reforzar un poquito la posición del gobierno”, recuerda Painter.

Painter regresó al país de 1969 a 1972, esta vez como representante adjunto (el “número dos” de la organización). Naciones Unidas seguía desarrollando estudios de factibilidad, aunque “el concepto de pre inversión estaba un poquito menos definido, y también podíamos lanzar proyectos de más larga duración que podían crear una capacidad institucional”, como en el caso de la búsqueda de agua subterránea por todo el altiplano norte, la creación de una estación agrícola experimental en Belén y de un instituto de investigaciones mineras en Oruro, un intento para crear un instituto de capacitación en telecomunicaciones, etc.

Dictaduras

En el pasado, Bolivia experimentó una larga serie de dictaduras. Pedro Mercader fue representante de las Naciones Unidas en Bolivia de 1980 a 1983, durante el gobierno militar de facto de Luis García Meza (1980-1981), y no tardó mucho tiempo en elegir su campo: “Hemos apoyado a refugiados, exilados y perseguidos. Había un señor que era el Coronel Arce Gómez que dijo: ‘no le cortamos la cabeza a Mercader porque ¡nos está haciendo el favor de sacar a los rojos del país!’”

Cuenta como él recibió apoyo de la funcionaria de UNICEF Emilia Collazos, así como de “ciertos embajadores que simpatizaban con la idea” (sobre todo de Alemania, Panamá, Bélgica, España y México): “escondíamos a la gente, y después, con el Centro de Migraciones que hacía de transportista, los sacábamos fuera del país. En aquella época, ¡no había ni Derechos Humanos, ni Amnistía Internacional, ni nada!”

Los líderes de la izquierda eran los más perseguidos. Emilia Collazos de UNICEF “sacó a Antonio Aranibar y al Presidente por el Altiplano disfrazados de cholas”, cuenta Mercader. También, lograron esconder a la familia de Quiroga Santa Cruz (esposa, hijo y nuera) “en una finca de El Alto, porque estaban muy asustados; en realidad se estaba ayudando a la gente y evitando matanzas”. La oficina del representante del PNUD en La Paz se llenó de perseguidos políticos. “Después de la matanza de la calle Harrington, me hice muy amigo de los del MIR, pues venían a que yo los escondiera. Había mucha gente más como obreros, estudiantes, campesinos, que se escondieron en mi oficina y con mis colegas los representantes (de las otras agencias de la ONU) nos quedábamos a dormir con ellos para evitar que los atacaran. Luego los llevábamos en forma camuflada a diferentes sitios”.

Regreso de la democracia

Al regreso de la democracia, en noviembre de 1982, el presidente Siles Zuazo solicitó apoyo internacional para ayudarle a sacar al país de una profunda crisis y el Secretario de las Naciones Unidas, Pérez de Cuéllar, mandó nuevamente a La Paz a Margaret Joan Anstee. Después de largos años de dictadura, se sabía que el gobierno había heredado una “enorme deuda externa, pero nadie sabía cuánto se debía, ni a quiénes y ni en qué términos”, cuenta Astee en su libro. Como primera tarea, Naciones Unidas contrató a consultores para poner en orden la deuda boliviana. Luego, a más largo plazo, Anstee tenía previsto reunir a los donantes, que hasta el momento guardaban una actitud de “mirar y esperar”. Naciones Unidas logró compromisos por más de la mitad de los 240 millones de dólares urgentemente necesitados por el estado boliviano, cuando la Central Obrera Boliviana logró la renuncia del Ministro de Finanzas. “El paquete de rescate regresó al refrigerador”, comenta Anstee en su libro.

En junio de 1985, Paz Estenssoro ganó las elecciones, declaró que “Bolivia se nos muere” y en agosto, implementó el decreto 21060 para liberalizar la economía y acabar con la hiperinflación. Es en esta época (1985 a 1989) que Timothy Painter regresó por tercera vez a Bolivia, esta vez como representante del PNUD. “¡Yo soy uno de los culpables del decreto 21060! No de su autoría, sino de su ejecución”, reconoce Painter. El tiempo apremiaba. Al principio, el PNUD usó sus propios fondos para dar arranque a algunas actividades del plan de reforma y resultó ser “más ágiles que los bancos para ejecutar ese programa, encontrar y pagar asesores, comprar equipamiento, etc.” El PNUD hizo venir a La Paz al economista Jeffrey Sachs, considerado uno de los coautores de decreto.

En 2000, la ONU dio un mensaje muy fuerte al mundo con la adopción, por 189 naciones, de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Con cifras y metas precisas, el planeta se daba quince años de plazo (es decir, hasta el 2015) para alcanzar unos resultados medibles en materia de pobreza, educación, salud, equidad de género y sostenibilidad del medio ambiente. En esta época, el coordinador de la ONU en Bolivia, el colombiano Carlos Felipe Martínez, lanzaba la campaña “Bolivia a todo pulmón”, para incitar a la superación a un país que daba muestras de fatiga por la llamada “democracia pactada” y deprimido por la crisis económica.

El año 2008, según varios analistas, el país se encontraba en plena polarización, cuando otra coordinadora, la japonesa Yoriko Yasukawa, exhortaba a las tierras altas y bajas a “Convivir, Sembrar Paz”. Yasukawa se involucró personalmente en la definición de “diez semillas de paz”, empezando por ésta, la primera: “respetamos y defendemos la vida, sin importar de quién”. El año 2014, el Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, pasó varios días en Bolivia en ocasión de la reunión del G77 en Santa Cruz. La coordinadora Katherine Grigsby dio prolongación a sus palabras, con la campaña pública “No me dejes fuera”. La preservación de la paz y la universalidad de los derechos humanos, sin exclusión ninguna, son, hoy en día, al corazón de la acción de las Naciones Unidas en el mundo y en Bolivia.

Foto: Timothy Painter fotografiado por Robert Brockmann.

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