Durante las últimas décadas hemos sido testigos y protagonistas de una transformación sin precedentes en la producción, consumo e intercambio de información y en la manera de hacer comunicación, caracterizada por el "salto cualitativo" que supone la irrupción de Internet. 

Marshall McLuhan ilustró esta nueva realidad con claridad al indicar que el contenido de un “nuevo” medio es en sí un viejo medio. Pensando en un “ecosistema mediático; si bien hay muchos medios que hoy se han “extinguido”, su esencia permanece en otros que han surgido. Así, por ejemplo, si bien el telégrafo ya no existe, solo ver la manera en la cual se escribe un mensaje por Whatsapp, nos hace recordar ese antiguo medio.

A su vez, esto implica la necesidad de pensar en las transformaciones más allá de los medios, es decir, no será posible entender las nuevas formas, por ejemplo, de hacer periodismo si no se incorporan variables como los cambios en los discursos políticos o publicitarios en el análisis. Este abordaje plantea entonces la necesidad inminente de incorporar en la ecuación a las audiencias como actores activos, valga reiterar la idea, quienes interactúan y se interrelacionan a partir de sus propias características sociales, economicas y culturales.

Con los medios, las audiencias y sus patrones de consumo han cambiado drásticamente. A diferencia de los años 80, las personas ya no solo consumen información y entretenimiento en más medios, sino que los consumen por menos tiempo: el zapping ha alcanzado dimensiones impensadas.

Esta dinámica evolutiva supone amplios desafíos para quienes producen información. Las y los periodistas hoy en día deben contar con un set de habilidades múltiples conectadas con el entorno transmedia; es decir, la capacidad de construir relatos relevantes en diferentes medios y plataformas.

Esta nueva mirada transmedia de la comunicación nace en el siglo XXI muy enraizada en las narrativas de ficción y casada con el entretenimiento, sin embargo, con mucha rapidez, está tomando los espacios educativos, científicos y en el ejercicio periodistico. Este último timidamente ha incursionado en el uso de tecnologías para desplegar sus historias en los ámbitos audiovisual e infográfico, principalmente. Del lado de las audiencias, se ha convertido en un arma poderosa para el activismo, la promoción de causas y la activación de nuevas agendas político – ideológicas.

Un claro ejemplo ha sido el movimiento #MeToo o #YoTambien, que nació como un simple hastag, pero que ha provocado que miles de mujeres denuncien a través de las redes sociales situaciones de abuso y acoso sexual. Movimiento que luego fue objeto de una amplia cobertura periodística.

Más allá del activismo, mucho se ha escuchado sobre el “periodismo ciudadano” como una forma de profundizar la cualidad democrática de la información. Sin embargo, esta forma participativa de generar información no quita y, es más, profundiza la necesidad de profesionales en la materia. En la ecuación de la información en los tiempos de redes sociales, los medios tradicionales, prensa, televisión y radio, principalmente, rivalizan con la “instantaneidad” de las redes sociales, que se han convertido en el principal medio de información para millones de personas alrededor del mundo. 

En este contexto, los medios suponen una esencial alternativa de información de calidad, siendo capaces de contextualizar, ampliar y prevenir las múltiples formas que ha tomado la desinformación. Tomando en cuenta especialmente que, a pesar de los grandes avances tecnológicos, todavía existe un importante grupo poblacional cuya principal fuente de información continúan siendo los medios tradicionales, esencialmente la radio.

En Bolivia sería impensado pensar en comunicación para el desarrollo sin incluir a las Radios Comunitarias que, aun cuando experimentamos la dominante presencia de la tecnología, siguen manteniendo su calidad y estrecha relación con los procesos de desarrollo a nivel local, visibilizando a actores sociales y construyendo identidades propias en un espacio abierto y democrático, que permite ejercer el derecho a la comunicación y la información en contextos locales.

Este complejo “ecosistema mediatico” en el que intervienen actores diversos da cuenta de la necesidad de abordar estrategias para que las audiencias puedan asumir acciones responsables con el claro objetivo de prevenir y contener la desinformación. Esta responsabilidad debe evidenciarse en prácticas de verificación y en un sano escepticismo acerca de la información que consumen y, principalmente, de la que comparten, con la incorporación en la vida diaria del criterio ético y el pensamiento crítico.

La pandemia del COVID-19 ha desatado un incremento exponencial de la proliferación de información falsa, especulativa y manipulada, poniendo en riesgo la vida de miles de personas y promoviendo actos de violencia y estigmatización. En este sentido, es reveladora la encuesta de Impactos Covid-19 realizada por PNUD Bolivia: 35% de los hogares encuestados consideraban que los miembros de la familia contagiados con el virus podrían ser discriminados.

La desinformación, en todas sus manifestaciones, pone en riesgo la salud pública, el ejercicio de los derechos humanos, la cohesión del tejido social y la cultura de paz.

La actual crisis impacta a las personas, sociedades y países en multiples dimensiones, pero a su vez, representa una oportunidad para abordar problemas estructurales como la desinformación en un mundo hiperconectado. Se requieren esfuerzos integrales y a múltiples niveles para garantizar el acceso a información como un elemento clave para la fortalecer la gobernanza y promover los derechos humanos. Entre ellas, fomentar la capacidad de verificación de la información, crear plataformas de dialogo y debate, amplificar la influencia de fuentes creíbles, trabajar en normativas y estándares para el ejercicio periodístico adecuadas a las nuevas maneras de hacer comunicación.

Tanto las tareas pendientes como las nuevas en esta materia se entrelazan con otras problemáticas, complejizando su abordaje, pero permitiendo, a su vez, el desarrollo de experiencias comunicacionales integrales, lo suficientemente innovadoras para atender los desafīos del desarrollo en el siglo XXI y provocar transformaciones sociales.

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