La pandemia de la COVID-19 se hizo presente en Bolivia durante la segunda quincena de marzo y, sin lugar a dudas, pasará a la historia socioeconómica de Bolivia como el hecho que marcó un cambio de ciclo económico. Todas las economías del mundo experimentan cambios de ciclo, que es parte de su funcionamiento natural. Sin embargo, los ciclos económicos en Bolivia, como apreciamos en la gráfica, tienen una característica particular: son ciclos muy marcados tanto cuando son expansivos como cuando son recesivos.

Observando la evolución del Producto Interno Bruto (PIB) por persona en edad de trabajar (población entre 15 y 64 años), es fácil identificar los ciclos económicos[1]. Salvo el ciclo de la crisis financiera, los otros ciclos muestran que cuando la economía boliviana entra en un ciclo expansivo, ésta crece progresivamente durante varios años, mientras que cuando ingresa en un ciclo recesivo, cae profundamente. Si bien los ciclos recesivos duran menos tiempo que los expansivos, su extrema profundidad hace que sus efectos sean más intensivos.

En el período 1950–2019, se pueden identificar dos períodos de crecimiento (expansivos). El primero recorre 1960 a 1977 (período de estabilización y crecimiento) y el segundo el período 2004 a 2018 (período de nacionalización y crecimiento).  En 2019 se observa un cambio en la tendencia, que marca el inicio de un nuevo ciclo recesivo. Los efectos económicos de la pandemia y de las medidas adoptadas para afrontarla ya indican la existencia de una profunda crisis económica para 2020, que se reflejará en una fuerte caída de la tendencia del ciclo.[2]

Diferentes organismos multilaterales han hecho ya sus predicciones en relación al crecimiento que esperado para 2020. Entre los pronósticos disponibles, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) prevé una caída de 3% del PIB, el Fondo Monetario Internacional (FMI) del 2.9% y el Banco Mundial (BM), con estimaciones más pesimistas, del -5.9%. Si bien existen diferencias importantes entre estos pronósticos, en particular entre CEPAL y el FMI respecto del BM, los tres organismos coinciden en que la economía se recuperará en 2021 y crecerá a tasas positivas en los siguientes años. Es decir, estamos ante una probable crisis en forma de “V”.

Si esto fuera así, se rompería una “tradición” en la historia económica moderna de Bolivia, ya que las crisis de 1950–1956, 1978–1986 y 1998–2004 superaron los cinco años de duración. Es poco probable que la crisis del COVID-19  rebote rápidamente, con la forma de “V”. Más bien, es más probable que observemos una “U” extendida. Primero, porque se espera un efecto importante sobre el capital humano, de la disminución de la actividad económica. Tanto su intensidad de uso (empleo) y su retorno (salarios), se verán negativamente afectados, desacelerando así la demanda interna. Segundo, porque se avecina un shock externo, producto de la caída de los volúmenes de exportación de gas, que podría, en el mediano plazo, estar acompañado de una crisis de balanza de pagos, al agotarse las reservas internacionales, necesarias para sustentar la política de tipo de cambio fijo.  

Otra enseñanza de las crisis en Bolivia es que destruyen los avances alcanzados durante las expansiones. En la última crisis profunda de la deuda (1978–1986), al comparar la expansión del PIB por persona en edad de trabajar entre 1960 y 1977, con ese ciclo recesivo se dieron caídas del crecimiento logrados en 17 años en tan solo seis.

Este tipo de patrones históricos o capacidad de reaccionar de la economía boliviana debería ocupar el centro de atención de  los hacedores de política. De repetirse una crisis similar o peor a la vivida en la primera mitad de los años 80s, gran parte del desarrollo y progreso social alcanzado en los últimos años se podría perder en pocos años, con fuertes impactos en aumentos de pobreza y retrocesos de importantes logros en torno a la Agenda 2030 y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible.

La historia no está llamada a repetirse. Existen mecanismos y oportunidades para diseñar políticas económicas que mitiguen estos impactos, pues, al igual que el sistema inmunológico humano y su capacidad de defender contra el virus, políticas oportunas, calibradas y centradas en los más vulnerables, constituyen la única defensa que tienen los países contra las crisis.

 

[1] A abril, el Índice Global de Actividad Económica (IGAE), muestra una variación acumulada de -5.6

[2] Los términos asignados a cada ciclo corresponden a Kehoe, Machicado and Peres-Cajias (2019) “The Monetary and Fiscal History of Bolivia, 1960–2017,” NBER Working Paper No. 25523 (Febrero).

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